Escenario político

El crujir de las viejas estructuras
de sometimiento y explotación

Por Manuel Reyes
ex Secretario General de FATFA

El escenario político que podemos observar hoy en nuestro país demuestra claramente la confrontación entre quienes representan dos modelos de carácter económico, social y cultural muy distintos. El primero, que está llegando a su fin luego de tres décadas atornillado en las instituciones argentinas, y el nue­vo modelo, que entró en vigencia a partir del 2003.
El viejo modelo, que aún se resiste a morir, se caracteriza por la insta­lación de políticas de exclusión so­cial y desindustrialización, con el correlato de la desocupación ma­siva como elemento componente de esas políticas económicas, en tanto fue necesario conformar un colchón de desocupados tal que permitiera generar contratos ba­sura y congelar salarios por más de 14 años. Estas circunstancias provocaron el sometimiento de la clase trabajadora en su conjunto, incluido los desocupados, y lleva­ron a un retroceso nunca antes visto por nosotros en el Siglo XX.
En lo cultural, ese modelo tam­bién impactó de lleno. Trabajó en la subjetividad profunda de la sociedad, sobre el cambio de valores humanos. Fue tan fuerte la erosión social en ese aspecto, que en el presente se hace difícil reubicar la escala de valores que distinguió a la clase media argenti­na, una clase media que constituía el grueso de la población. La misma que a partir de 1945 se caracterizó por el progreso, la movilidad social ascendente y la capacidad política para entender la realidad, luego se vio subsumida en realidades que no le eran propias. Por eso, uno de los efectos devastadores de este modelo perimido fue la pérdida del sentido de solidaridad social, fue el reinado del sálvese quien pueda.
Ese modelo al que hacemos refe­rencia estuvo representado desde el punto de vista político e ideológi­co por el neoliberalismo, y desde lo económico, social y cultural por un mecanismo de poder concentrado con intereses perfectamente defini­dos que condujeron a la situación de profunda crisis de diciembre del 2001 y su continuidad en el 2002. Con esa caída estrepitosa, las fa­lencias del modelo neoliberal que­daron claramente expuestas, sobre todo en la pretensión de que el mercado iba a satisfacer las nece­sidades de todos. Tamaña insensa­tez llevó a la Argentina al retroceso más importante de su historia.
Ese modelo que hoy defiende la corporación mediática con el Gru­po Clarín a la cabeza, y que en­carna los intereses de la Sociedad Rural y demás entidades dueñas de la tierra, es el que viene desde el fondo de la historia usufructuando los beneficios, por sobre un pueblo argentino que, desde 1810 para acá, ha hecho todos los sacrificios.

El rescate de los valores y su importancia social
Ese modelo neoliberal, de exclu­sión y explotación, con efectos cul­turales devastadores sobre la per­sonalidad del conjunto social, está confrontando hoy con un modelo de desarrollo social y económico, que trae también consigo la recu­peración progresiva de los valores perdidos.
Estos modelos, el de exclusión y el de desarrollo –por caracterizarlos sintéticamente-, se están enfren­tando hoy por temas tales como la libertad de expresión, la participa­ción de la sociedad civil durante las dictaduras militares y los grandes negocios que desarrollaron a partir de esas vinculaciones.
Valga el caso de Fibertel para ejemplificar las discusiones que se abrieron a partir de la confronta­ción de los dos modelos. Es la pri­mera vez que escucho que la lega­lidad se pone en discusión hasta el extremo de proponer un proyecto de ley en el Congreso para anular la legalidad. Puede discutirse lo de Fibertel en relación con los efectos inmediatos que puede tener en los usuarios, pero eso es solucionable en corto tiempo y de manera sen­cilla. Lo que no puede discutirse es el ejercicio del poder del Estado a través del Gobierno para hacer cumplir la legalidad. Porque si no es la ley del más fuerte: el que tie­ne la fuerza económica impone sus leyes.
El contragolpe formidable del Go­bierno es la denuncia ante la justi­cia del negociado de Papel Prensa que, si hacemos una extensión de la responsabilidad política que han tenido estos medios de comunica­ción en los años más oscuros de laArgentina, está teñido con la san­gre de los 30 mil desaparecidos.

Modelo 2003
Las características de este modelo instalado desde el 2003 son la jus­ta distribución de la riqueza, la re­cuperación de valores, el desarrollo social, económico y productivo, el renacimiento de la industria nacio­nal.
Este modelo, al cual necesariamen­te hay que sostener, es todo lo con­trario de aquel otro modelo que se resiste a morir.
Lo primero es la búsqueda de la in­clusión social a través del mejora­miento de la situación económica de los trabajadores y la población en su conjunto. Hay que tener en cuenta que antes del 2003, man­tuvieron 14 años congeladas las paritarias. Este gobierno, que ini­ció Néstor Kirchner, abrió las pari­tarias en el 2004 y, en promedio, los gremios llevamos celebrados tres convenios colectivos y más de 10 actualizaciones salariales en los últimos seis años. La recuperación del poder adquisitivo, de los nive­les nominales y efectivos del sala­rio, ha superado el 300%.
Debemos celebrar también la po­lítica previsional, claramente de justicia social, que ha permitido la inclusión de 2,4 millones trabaja­dores que habían perdido su traba­jo, con lo cual estamos superando los 5 millones de jubilados.
El ataque, entonces, se enfocó en exigir el 82% ya, en una clara uti­lización política de los derechos de los pasivos por parte de los de­tentores del viejo modelo. Buscan con ímpetu debilitar los sistemas de financiamiento, a pesar de que -en el estricto cumplimiento de la ley- se hacen dos actualización anuales de los haberes jubilatorios, lo que ha permitido no sólo recupe­rar el mínimo, sino que, a medida que se vayan actualizando, llegar al 82% móvil. Naturalmente que la intención es alcanzar el 82% móvil, pero se necesita tiempo porque de otra manera se estaría poniendo en riesgo la fuente de financiamiento y, a futuro, las jubilaciones.
Antes de tomar la medida de ajus­tar en forma bianual las jubilacio­nes, la mayor modificación del sis­tema previsión se hizo poniéndole fin a las AFJP. Por lo tanto, este mo­delo en el plano previsional tuvo la valentía política de recuperar los fondos de los trabajadores que es­taban retenidos en las AFJP para el negocio de unos pocos vivos que se valían de todos los argentinos.
A las políticas de inclusión social, debemos sumarle la asignación universal por hijo, que es una de las medidas de justicia social más importantes que se hayan toma­do, al punto tal que son varios los países de América Latina que están estudiando aplicar una asignación similar. Esto no quiere decir que somos genios para recuperar la in­clusión social, pero sí que se ha te­nido la voluntad política de tomar esta decisión y sustentarla en su financiamiento con el desarrollo de mayor empleo.
Como ya dijimos, otra gran diferen­cia entre el modelo actual y el otro, que representa los intereses eco­nómicos concentrados, es el desa­rrollo de la industria, el proceso de industrialización, de recuperación de la capacidad productiva de la in­dustria tanto liviana como pesada. Esto implica un modelo industria­lista que se contrapone al modelo agroexportador que muchos año­ran y cuyas nefastas consecuencias son bien conocidas.
Claramente, el desarrollo indus­trial trae mayor empleo, el mayor empleo trae mayores aportes y los mayores aportes nos permiten a los argentinos hacer este tipo de avances en lo social.

Los actores
En este nuevo y fecundo escenario, podemos decir que el actor princi­pal es el Gobierno, que defiende los intereses del conjunto social, de la Nación y del pueblo en general.
Pero también existen otros actores centrales como el Movimiento Obre­ro, que está alineado fuertemente con las políticas de gobierno.
También la intelectualidad está actuando con firmeza, un punto importante porque hacía muchos años que no se veía a intelectua­les definirse claramente en función política detrás de un modelo y un gobierno que lo lleva adelante. Éste es un factor trascendente porque le agrega calidad al reclamo y la de­fensa de estos derechos del con­junto social.
Finalmente lo que hoy estamos ob­servando es el crujir de las viejas estructuras de sometimiento y explotación.
Es el ruido que se escucha en el escenario político.
Y esto pasa porque el Gobierno, en su accionar, está cumpliendo con una de las 20 verdades del peronismo, que dice que el mejor gobierno es aquel que hace lo que el pueblo quiere.
También es importante destacar que muchas de las políticas im­plementadas responden a los re­clamos históricos del movimien­to obrero, más aun desde la era Moyano. Podemos decir que el Gobierno se hizo eco de los recla­mos obreros. Debemos recordar, como ejemplo, que hubo una mo­vilización de la CGT, que reunió más de cinco millones de firmas en el país, para obtener la asigna­ción universal por hijo.
Es evidente en este Gobierno el reflejo de las luchas, de los an­helos y reclamos que ha venido haciendo el conjunto de la clase trabajadora, y eso explica que el movimiento obrero no se alinea por una cuestión simplemente partidista o política, sino porque la realidad que muestra hoy la Ar­gentina es fruto de la aplicación de un modelo económico gestado por este gobierno -que espera­mos continúe apuntalado por la gente en el 2011- que da respues­ta a las necesidades del pueblo. Un modelo nacional y popular. Este modelo económico, social y político hace que este gobierno sea lo más parecido al de Perón de 1945, cuando supo instalar el Estado de bienestar, una corrien­te del capitalismo que a partir de las teorías de Keynes, le puso fin al capitalismo salvaje para poder salvarse, porque ya en aquellos tiempos se vio que el capitalismo o el mercado, no resolvía todo.
La realidad, que es la única ver­dad, se impone prácticamente por la fuerza del pueblo, de los trabajadores, del conjunto de la sociedad que se niega a suicidar­se detrás de una ideología que su­puestamente todo lo resuelve.
Es lo que hoy está pasando.

Por eso, oímos el crujir de las vie­jas estructuras que, agonizantes, no quieren resignarse a desapare­cer.

 

 

 


 




 

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